Martes | Agosto 26, 2008

Otra vez aquí...

(…) sin nada que hacer,

la última cerveza me la acabo de beber.

No me quedan porros,

no me queda speed,

no me queda nada…

me voy a morir.

 

(Manolo Kabezabolo)

 

 

Después de todos estos meses sin pasar por aquí, vuelvo cantando esta alegre copla de un más que dudoso cantautor punk. Ya veis que vuelvo con ganas, aunque no sé si dispondré de tiempo suficiente para seguir escribiendo de manera regular. De todos modos voy a intentarlo. Si lo consigo, voy a celebrar cada nueva entrada como los hooligans celebran las victorias de su equipo. Si no lo consigo… pues eso que os lleváis. De momento he incluido algunas imágenes para ilustrar mi rinconcito de resacas y desvaríos. Algunas más bonitas que otras, otras más feas que algunas. Al menos queda más curioso, creo.

Bueno, un saludo para todos mis extraños lectores y, para no irme de vacío, el famoso diálogo entre el preso que sale en libertad y el carcelero que lo ve marchar. Que os aproveche.

 

-¿Ha resultado de su agrado la estancia en esta cárcel?

-¡Por supuesto! Estuve encantado durante todo este tiempo.

-Y la comida, ¿qué le ha parecido la comida?

-Lo mejor ha sido la comida, sin lugar a dudas…

-Es para mí todo un honor escuchar eso. No dude en volver cuando usted guste. Ya sabe que siempre será bien recibido aquí.

-Y usted no dude que volveré. En cuanto se me presente la primera ocasión no la voy a desaprovechar. Puede estar seguro.

-Me alegra escuchar sus palabras. Sólo espero que su próxima estancia aquí sea más duradera.

-¡Eso espero yo también! ¿Usted qué me aconseja para la próxima ocasión? Ante la inminencia de mi salida he estado pensando y tengo algunas dudas. Robo a mano armada, delito de sangre…

-Delito de sangre estaría bien, pero no deje de tener en cuenta la agresión a la autoridad. Esa también sería una buena opción; cómoda y sencilla, además.

-Muy bien, lo tendré en cuenta.

-Y hace bien…

-Bueno… ha sido todo un placer conocerle.

-Lo mismo digo, señor. Y ya sabe que aquí estamos para servirle.

-De acuerdo. Hasta la próxima, entonces.

-Hasta la próxima.  

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Lunes | Enero 07, 2008

El 2.008 ha empezado con cuatro putos aciertos en la puta quiniela de los cojones

Hoy me apetece compartir con vosotros un bonito poema que habla sobre la vida y sobre la muerte. Es el primer poema que he escrito este año que acaba de empezar. Lo escribí el día 5 de Enero, para ser más exacto, poco antes de que acabara la tremendísima borrachera navideña que me ha dejado el cerebro bajo mínimos. Supongo que no es gran cosa, pero no me importa. De hecho sólo intento mantener al día este rinconcillo medio rancio que tengo reservado en la red. Por eso lo publico. No hay más motivo.
Bueno, ahí va la cosa. A ver qué os parece la basura que da vueltas en el interior de mi cabeza:



Sentirse mierda pegada en la taza del water,
esputo que cuelga del techo,
cigarrillo apagado empapado en un charco;
golondrina con las alas quebradas,
rata sin piel y sin patas,
conejo destripado a la sombra de un viejo árbol;
barro en el camino,
aliento de puta borracha,
sangre menstrual
en el coño rígido
de una perra atropellada
al borde de la autovía.

Ponme otra cerveza, por favor...
Encenderé otro cigarrillo... qué más da.

Guardaré silencio mientras observo aquella pared,
la de los estantes con botellas,
la de las manchas de humedad con forma de mujer.

Guardaré silencio mientras me quedo sentado en este taburete,
rodeado por siluetas que no conozco,
amparado por la sombra de la muerte,
aquí, en este ataúd de piedra
levantado entre columnas de humo,
detrás de un cristal opaco,
después de morir mil veces.
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Jueves | Diciembre 27, 2007

En estas fechas tan señaladas...

Estamos en plena navidad y, a estas alturas, los excesos del comercio y del bebercio empiezan a hacer de las suyas en los cerebros, los estómagos y los bolsillos proletarios y no tan proletarios. Tal vez sea por eso que se me ha ocurrido colgar aquí las 13 medidas contra el capitalismo navideño para la clase obrera adromecido-despistada. A ver qué os parece. A mí, de momento, me parece que voy a la cama, que ya está bien de hacer el desgraciado por ahí. Venga, a pasarlo bien y a portarse mal. Un saludico y hasta el año que viene.

1. Celebrar sin fanatismo (celebréis lo que celebréis). No hay dios padre ni dios hijo que se ponga contento con llenarle los bolsillos a esos mercachifles dueños de la payasada mercantil que nos saquea los salarios.

2. No legitimemos las ideas y creencias del patrón ni de la clase a que él pertenece. No legitimemos los intereses de una clase dominante, ni sus ritos, ni su modo de vendérnoslos.

3. No nos dejemos extorsionar: los modos en que la burguesía celebra sus 'fiestas navideñas' no tienen por qué ser imitados. No se es 'débil', 'feo', 'perdedor', 'pobre' o 'tonto' si uno decide hacer con su dinero celebraciones totalmente distintas a las del burgués ostentoso.

4. Nada de lo que anuncia la publicidad debe ser comprado si no corresponde a necesidades concretas de los trabajadores. Nada debe ser comprado bajo chantaje, vergüenza o imposición alguna. Se puede discutir abiertamente la compra de artículos o regalos para celebrar, analizarlo con amigos y compañeros de trabajo, comparar precios y hacer compras colectivas. Eso ayuda a no enfrentar en soledad las argucias de la publicidad para engañar y saquear el dinero de los trabajadores.

5. No comprar llevado por la idea de ser envidiado por todos. No permitir que manipulen nuestros deseos, instintos, antojos, afectos y cariños. Ningún juguete suplanta la relación personal, ningún objeto sustituye la solidaridad y el amor. Ni una sola moneda a los manipuladores especialistas en propinar al pueblo golpes bajos para obligarlo a gastar en fetiches perversos.

6. La publicidad mercantil es la ideología de la burguesía, es el púlpito del capitalismo, no le creamos un ápice. No gastar en Navidad, más allá de lo racionalmente indispensable, no nos hace pecadores, insignificantes ni estúpidos. No dejemos que nos acomplejen.

7. Es mentira que con regalos se fortalece el afecto. De padres a hijos o de padres entre sí. Los hombres (trabajadores, obreros y campesinos) no dejarán de ser hermanos porque no gasten su salario en complacer a los publicistas. Que por su parte no son hermanos más que del dinero.

8. Es mentira que en la Navidad de los burgueses todos somos 'hermanos', 'hijos de Dios'… etc. En estas festividades la lucha de clases persiste y ningún comerciante dejará sus riquezas para beneficiar a los trabajadores, a quienes, por el contrario, esquilma y engaña ayudado por publicistas. Ni un centavo para ellos.

9. No hace falta emborracharse ni embrutecerse para ser felices. Tampoco se es feliz por gastar mucho dinero. Todavía hay muchos momentos de felicidad que son gratis. Cosa de ingeniárnoslas. El ocio y la diversión deben ser libres y creativos, y con eso no se puede comerciar.

10. No dejarse 'estimular' con las payasadas que inventan los publicistas empeñados en emocionarnos, sensibilizarnos, cachondearnos… para que paguemos cualquier precio por cualquier basura.

11. Ninguna publicidad logrará garantizar 'mayor poder sexual', 'mágia', 'seducción'… los trabajadores no deben conceder ninguna credibilidad a quienes ofrecen paraísos imaginarios ni ilusiones mediocres. Todo lo que buscan es quedarse con el producto del trabajo, saquear lo que le queda al trabajador después de que el patrón ya ha esquilmado los salarios.

12. Cuestionemos y sancionemos socialmente la publicidad burguesa produciendo interpretaciones críticas y disidentes sobre sus dispositivos ideológicos y sus fines contra la clase trabajadora.

13. El salario de los trabajadores debe ser defendido por los trabajadores. Especialmente contra la publicidad burguesa.

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Viernes | Noviembre 23, 2007

La triste historia de A, B y C (I)

A estaba locamente enamorada de B. Su amor era tan grande que estaba dispuesta a pasar toda la vida a su lado.


Por su parte, B también amaba a A con todas sus fuerzas. Pero ocurría que últimamente, desde hacía unos meses, sentía que la comunicación entre él y A se estaba deteriorando. B era una persona mucho más sensible que A, de modo que, mientras él percibía estas cosas y se preocupaba por ellas, A seguía comportándose como si no pasara nada extraño.


Una mañana, a eso de las 10:35 horas, A circulaba con su coche por mitad de la ciudad. Iba a comprar unas cosas y luego pensaba volver a casa. Pero, casualmente, aquel mismo día y a aquella misma hora B paseaba por la calle agarrado de la mano de C. Al ver aquello, A no pensó en los cuatro años felices que había pasado junto a B (los cuatro años que, según decía ella misma, habían sido los mejores de su vida) y lanzó su coche a toda velocidad contra B y C. En el último segundo C pudo escapar, pero B fue brutalmente arrollado por el coche de A y acabó aplastado contra un quiosco de prensa.


Después de aquello ocurrió lo peor. B quedó tetrapléjico, todo su cuerpo quedó inmovilizado y estaría condenado, a sus 26 años, a pasar el resto de sus días tirado sobre una cama. A aguantó esta nueva situación durante algún tiempo, pero seguía estando tan enamorada de B que llegó un momento en que aquella situación era demasiado dura para ella, así que una mañana, a eso de las 9:10 horas, A salió de su casa, llevó su coche hasta los acantilados de la costa y, con los ojos llenos de lágrimas, saltó al vacío en busca de la muerte. La vida que tantas veces había soñado junto a B ya nunca más volvería a ser soñada.


C
, por su parte, tuvo mucha más suerte que A y B. A los dos años del terrible accidente que dejó paralizado a B ella ya casi lo había olvidado todo. Estaba felizmente casada y se dedicaba al cuidado de sus dos hijos. Después de todo, lo suyo con B fue sólo un romance esporádico mediante el que intentaba despertar el interés, a través de los celos, del hombre que en la actualidad es su marido. Como se suele decir en estos casos, son cosas que pasan.

Posted by Svevo Bandini at 19:56:33 | Permanent Link | Comments (2) |

Viernes | Octubre 19, 2007

La ciudad era como una enorme cloaca donde se amontonaban millones de ratas muertas



Cogimos unas cervezas
y salimos a la terraza a beber en silencio.
Las nubes habían tapado el sol
y no tardaría en empezar a llover.
Ella abrió su lata y yo abrí la mia
y empezamos a sorber.

El verano había terminado.
Los dos preferimos la playa cuando ya no es verano.
El mar no se pringa de bronceador
ni tampoco se llena de caspa y de vello púbico.
Las gaviotas volaban bajo las nubes grises
y una pareja de ancianos paseaba junto a la orilla,
justo al borde de las olas.

Aquello era más que suficiente para poder vivir,
nadie necesitaba nada más.
La ciudad quedaba tan lejos
que ya casi la habíamos olvidado.
Acabar del todo con ella
tan sólo era cuestión de tiempo,
algunos días o algunas semanas, quizá;
puede que algunos años
o algunos cientos de miles de años, en el peor de los casos.
La ciudad era como un monstruo deforme
que se agitaba agonizante detrás de las montañas,
gritando como un poseso,
aplastando todo cuanto rozaba sus entrañas,
coches relucientes
y yonkis excitados
que trepaban como insectos
por los muros y las ventanas
de las casas idénticas.
La ciudad era como una enorme cloaca
donde se amontonaban millones de ratas muertas.

Habíamos acabado las cervezas
y la lluvia no llegaba todavía,
así que me levanté de la silla
y fuí hasta la nevera
a coger otras dos latas bien frías.
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Viernes | Octubre 05, 2007

Mi confianza en las personas se quemó en una hoguera al empezar el verano

Yo tenía seis años y aquella misma noche empezaba el verano. Entre todos los niños del barrio habíamos hecho una hoguera en mitad de un solar. Nos pasamos una semana entera buscando maderas y transportándolas hasta el sitio. También habíamos comprado petardos y lo quemaríamos todo a las doce de la noche.

Mi primo y yo cenamos en mi casa. Mi madre nos había preparado unos huevos fritos con patatas y salchichas Frankfurt. Mi primo tenía doce años y cuando terminamos de cenar cogimos nuestros petardos y nos fuimos a la hoguera. Además de los petardos llevábamos una caja de cerillas y dos pedazos de mecha. Teníamos unas ganas tremendas de que todo empezara a arder. El fuego provoca sensaciones extrañas en las personas. Sirve para comenzar cosas y eso siempre es excitante. El fuego es un principio. El principio de todo lo existente, decía un tal Heráclito el Oscuro.

Cuando llegamos al solar donde estaba la hoguera había ya algunos niños tirando petardos. Mi primo y yo llegamos al sitio y nos acercamos a un grupo de chavales de su misma edad, más o menos. Casi todos iban a nuestro mismo colegio. Tenían sus bolsas de petardos amarradas al pantalón y sobre la acera tenían una caja de cartón con cuatro o cinco gatitos recién nacidos. Yo me asomé a la caja y cogí a uno de los gatos. Era de color oscuro y tenía los ojos cerrados e hinchados como un boxeador. Intenté guardarlo en el bolsillo de mi pantalón, pero no cabía y volví a dejarlo otra vez en la caja. Me agaché junto a los gatos y los fui acariciando uno a uno.

De repente todo empezó a moverse. Los niños se pusieron nerviosos y empezó a salir gente mayor de las casas. Uno de ellos sería el encargado de prender la hoguera. Vertió algo de gasolina sobre la base, acercó una antorcha y luego todo empezó a arder. El fuego lo devoraba todo, crecía como un enorme fantasma y hacía desaparecer toda la madera que había en su interior. Se lo tragaba todo como si fuera un animal hambriento. Sonaron explosiones y saltaron luces de colores por toda la calle. Yo saqué mi cajita de cerillas, prendí mi mecha y me puse a quemar petardos. Mis nervios se pusieron en tensión y mis oídos se tambalearon como si en mi cabeza hubiera un terremoto. Mi primo estaba a mi lado y podía ver las llamas reflejadas en sus ojos, el fuego agitándose en su interior. Volví la vista hacia la hoguera y pude ver a nuestros compañeros del colegio acercándose a las llamas. También tiraban petardos y llevaban a los gatitos cogidos en sus manos. Yo pensé que aquello era peligroso. Me preocupé por los gatitos porque pensaba que estaban demasiado cerca de las llamas y podrían quemarse. Entonces uno de los niños levantó su mano y arrojó a uno de los gatos al fuego. Luego lo hizo otro de los niños, y justo después lo hicieron los demás.

Durante unos segundos comprendí lo que había ocurrido. Busqué a los gatos entre las llamas pero no pude ver nada, sólo luz y movimiento. Sentí algo extraño en mi interior, como si un enorme gusano blanco y gordo estuviera moviéndose lentamente por mis tripas. Tragué saliva y era espesa. Apreté los puños y mis manos se convirtieron en piedras que golpeaban mis sentidos. Aquel gusano dejó de moverse. Pude sentir cómo se acomodaba y se paraba para quedarse allí metido durante toda la noche. Yo seguí con los petardos. Lo que había a mi alrededor era mucho más fuerte que mi interior y sólo podía dejarme llevar. Empecé a olvidarlo todo y sólo volví a recordar a aquellos gatos cuando los petardos dejaron de sonar y la hoguera se había convertido en un puñado de brasas llameantes.

Mi primo y yo volvimos a casa. Nos dimos un baño y después nos fuimos a la cama. Antes de dormirme comprendí que aquella misma noche había dejado de confiar en las personas. En todas las personas, incluido yo. Todavía recuerdo estas cosas y puedo sentir al enorme gusano blanco durmiendo para siempre dentro de mis tripas.

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Jueves | Septiembre 27, 2007

Leer a Hannah Arendt me costó nueve puntos en la cabeza y cuatro días ingresado en el hospital

Estaba sentado en un banco cuando ocurrió aquello. Acababa de encender un cigarrillo mientras releía La Condición Humana de Hannah Arendt y ese tipo llegó y empezó a darme la brasa. Era un zumbado, de eso no hay duda. Pero además era un pesado y un tocapelotas de la hostia.

“¿Tú qué haces leyendo?”, me dijo. Lo miré por encima del libro y no le hice ni puto caso. El tío era joven. Llevaba puesto un chándal y una gorra con el logo de una discoteca. Iba sucio y sus ojos eran borrosos, como si estuvieran llenos de una especie de niebla extraña.

“¿Es que eres un marica y por eso estás leyendo?”, volvió a decir. Y luego me pidió un cigarro y se sentó a mi lado. Yo no le di el cigarro.

Cuando se aburrió de estar ahí sentado se puso en pie y empezó a contarme que la noche anterior había matado a un tipo que se lo merecía. Decía que le había pinchado en la barriga con una navaja y que lo dejó tirado en el suelo para que se desangrara y que luego le habían dicho sus colegas que el tipo aquel había muerto. Una historia apasionante.

“¿Por qué no me das un cigarro? ¿Es que quieres que te mate a ti también? Si quiero puedo hacerlo”, me dijo.

“Toma un cigarro y vete por ahí a tomar por el culo”, le contesté. El tío cogió el cigarro, lo encendió y siguió allí parado. Al rato volvió a sentarse en el banco y siguió dando la brasa.

“Tengo un coche de puta madre”, me dijo. “Si lo ves no te crees que es mío. Seguro que tú nunca vas a poder tener un coche igual”. Sacó unas llaves del bolsillo y me las enseñó. Eran las llaves de su coche, según decía. Encendí otro cigarrillo y el tipo aquel volvió a pedirme tabaco.

“¿No tienes nada mejor que hacer aparte de darme el coñazo?”, le pregunté.

“No porque yo no trabajo. Me paso todo el día por la calle”, me contestó.

Intenté seguir leyendo. El tipo aquel cogió un puñado de piedrecillas del suelo y luego se puso a tirarlas una por una. Cuando se cansó de aquello se giró y empezó a arrojar las piedras contra la portada del libro que yo intentaba leer.

“Toma”, decía, “esto por marica, y esto porque te voy a matar si no me das otro cigarro, y esto y lo otro y tal y cual…”

Entonces me quitó el libro de un tirón y me tiró las piedrecillas que le quedaban en la mano por encima. Yo intenté recuperar el libro, pero lo lanzó por los aires para que no pudiera cogerlo. Me levanté y le solté una patada en plena cara. La sangre brotó al instante de su nariz. Luego lo agarré de la camiseta y le solté un puñetazo en la sien, y luego otro, y otro y otro. Le golpeaba con la parte inferior del puño, como si mi mano fuera un martillo. Cuando me cansé de darle puñetazos lo puse en pie y lo estampé contra un árbol. El tío se cayó al suelo y entonces empecé a darle patadas. Intentó incorporarse y salir corriendo, pero yo lo agarré por la chaqueta y se la arranqué de un tirón. Seguí dándole puñetazos en la cara hasta que me cansé y entonces lo dejé que se marchara. Mido 1’82 y peso 95 kilos. Siempre he estado bastante fuerte.

La mano me dolía de la ostia y estaba manchada de sangre. Me lavé en una fuente, recogí el libro del suelo y me fui de allí. Estuve andando durante quince minutos. Al final llegué a otra plaza y volví a sentarme para seguir leyendo. Encendí un cigarrillo, saqué el libro y continué con lo mío. No hacía un mal día. Estábamos en pleno verano pero las nubes tapaban el sol y la temperatura era más que agradable. Y la lectura de aquel libro era de lo más placentero. Es una de las obras más lúcidas que he leído. De pronto sentí un golpe en la cabeza y me caí al suelo de morros. Me giré y pude ver al tipo de antes levantando un palo de madera sobre mi cara. Me volvió a golpear y entonces perdí el sentido.

Cuando me desperté estaba en el hospital. Me habían dado 9 puntos en la cabeza y me dijeron que tenía que estar en observación. Me tuvieron cuatro días ingresado y luego me largaron a mi casa. La jaqueca me ha durado un mes entero y durante este tiempo casi no podía ni andar porque me daban mareos. El libro y mis cuadernos los he perdido. Supongo que se los llevaría el gilipollas aquel. Y, bueno, este ha sido el motivo por el que no he podido ocuparme de mi blog durante las últimas semanas. A partir de ahora espero poder escribir aquí más a menudo. Por cierto: después de aquello mi mujer sigue pensando que el gilipollas soy yo. Igual hasta tiene razón…
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Jueves | Agosto 30, 2007

Moros y fútbol en una España unida y libre

Anoche, después de cenar, salí a dar una vuelta por el barrio. Me había comido un bocadillo de atún con tomate y lechuga y mayonesa sentado en el balcón de mi casa y tenía que hacerle la digestión.

Eran las 10 y media de la noche y en la calle había niños jugando al fútbol y a otras cosas. En las pistas deportivas habían colocado una pantalla de cine al aire libre y estaban poniendo una película de dibujos animados, no sé cuál era. Las terrazas de los bares estaban hasta arriba y entre la oscuridad del parque había algunos zagales fumando porros y hablando de porros.

Llegué hasta la cafetería Costa Rica. La terraza no me gustaba, así que me metí directo al bar. Había un tipo arrugado jugando a la tragaperras, un hombre mayor leyendo el periódico y dos moros bebiendo Coca-cola en una mesa. Saludé a todo el mundo. Me acerqué hasta la barra, le pedí a la camarera una cerveza y encendí un cigarrillo. Los dos chicos se sentaban justo a mis espaldas. Hablaban en voz alta, así que pude escuchar algunas de las cosas que decían. Hablaban de fútbol, sobre todo. Primero hablaron de Puerta, el jugador del Sevilla que había muerto algunas horas antes. Luego hablaron del Barça y se pusieron a comparar a Henry con Ronaldinho. Después de esto compararon a Messi con Guti, y entonces recordé que las comparaciones siempre son odiosas.

Me terminé la cerveza y le pedí otra a la camarera. La tragaperras seguía sonando de fondo y los chicos seguían hablando de fútbol y el hombre que leía el periódico había pagado su copa y se había largado a su casa, posiblemente. Los chavales hablaban cada vez más alto y de repente empezaron a reírse a carcajadas. No sé de qué se reían, pero tuvo que ser muy bueno porque los muy cabrones no parecía que fueran a parar. Yo pensé que se iban a cagar encima, de la risa que tenían. Uno de ellos casi se cae de la silla de la flojera que le entró. Eran jóvenes. Tendrían 17 o 18 años, como mucho. Yo seguí a lo mío. La camarera se me quedó mirando y me dijo algo, no sé qué. Entonces entró a la cocina y al rato salió empuñando un enorme cuchillo. La tía se puso a gritar y a dar golpes sobre la barra. Su cara se convirtió en una especie de masa burbujeante y sus manos se crisparon como si fueran de piedra. ¡Era una auténtica loca, joder!. Nadie entendía qué cojones estaba diciendo pero todos nos apartamos de ella, por si acaso. Parecía que le fueran a reventar las venas del cuello y sus ojos se habían convertido en dos ciruelas rojas llenas de nervios y de gusanos. Intenté prestar un poco de atención para averiguar qué ostias le pasaba a la chiflada aquella y entonces pude pillar algo, aunque tampoco fue mucho: les decía a los chavales que habían venido a España para reírse de nosotros, que no hay derecho porque nosotros estamos primero, que no quieren trabajar porque el gobierno les ha dado una casa, que se largaran a su puto país, que olían peor que los animales porque eran unos guarros y no se lavaban, que España es para los españoles y no para los moros, que nosotros no salímos de España para molestar a nadie, y que si España esto y España lo otro y nosotros tal y nosotros cual y bla, bla, bla, bla... Eso es lo que decía la tipa aquella, más o menos. Los chavales le dijeron que era una racista de mierda y se largaron de allí. Y yo, aprovechando el momento de confusión, salí detrás de ellos sin pagar las dos cervezas que me había tomado.

Al salir a la calle todo el mundo estaba mirando hacia el interior del bar con cara de sorpresa. Nadie sabía qué había pasado pero seguro que al día siguiente se inventarían alguna historia. Dirían que dos moros habían intentado robar en el bar o violar a la loca aquella o algo por el estilo. La gente se aburre mucho en los barrios. Bueno, en los barrios y en cualquier otro sitio. Se aburren hasta en la tele, mira lo que te digo.

Al llegar a casa saqué una birra de la nevera y salí al balcón a tomar el aire. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar qué diablos era eso de España. Y quiénes éramos nosotros. Y quiénes son ellos. Yo conocía a aquellos chicos y los dos trabajaban en algo. Uno de ellos trabajaba en un lavadero de coches y el otro hacía los recados en un locutorio. Así que no sé por qué la camarera del Costa Rica les dijo todas aquellas cosas. Es cierto que hay moros que no trabajan. Esos son los moros ricos, y también hay españoles ricos que no trabajan. Y hay otros, como yo, que no soy moro, o como aquellos dos, que sí lo son, que tenemos que trabajar para poder vivir. De verdad que no sé de dónde se saca la gente estas cosas. Es algo muy raro. Por cierto: si España fuera mía no sé qué coño haría con ella. Hay que ver cuánto daño ha hecho la incultura en este imperio castellano...

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Lunes | Agosto 27, 2007

Me pongo existencialista con una lata de cerveza en la mano y una tumbona en el balcón

Ayer me comí un par de huevos revueltos con tomate y después me senté en el sofá a mirar la tele. Salían unas niñas en bikini que lloraban todo el rato. Había 20 o 30 niñas, por lo menos. Les presté atención durante algunos minutos pero, aún así, no pude entender por qué lloraban. Será que ayer estaba un poco espeso. Luego pusieron anuncios y entonces apagué la tele. No pensé más en todo aquello hasta ahora mismo, que me he sentado a escribir y, sin saber por qué cojones, me he acordado de las niñas en bikini de la tele.

Después de esto me levanté del sofá y me puse a buscar un libro. No tenía claro qué libro andaba buscando pero el caso es que me apetecía pasar la tarde entera leyendo sin salir de casa ni hablar con nadie ni nada de eso. En mi casa hay muchos libros y una biblioteca muy pequeña para colocarlos, así que la mayoría andan por ahí desperdigados en cualquier rincón. Es algo caótico y eso me gusta. Me proporciona cierta sensación de seguridad y orden, aunque se trata de un orden extraño: el orden contenido en el caos, la ausencia de autoridad, la nulidad de la planificación, la desconocida racionalidad de lo irracionable. La armonía no necesita ser ordenada, por eso me gusta la apariencia de desorden -todo esto sólo es filosofía barata, así que no le presteis demasiada atención: hacedme caso y seguid leyendo como si nada.

Después de mucho buscar me quedé con En el camino, de Jack Kerouac. Es un libro genial, sin duda. La historia de un chico sin imaginación que quiere viajar para tener cosas que contar porque, sobre todo, ese chico quiere ser escritor. Se lo recomiendo a cualquiera, incluso a quien no quiera ser escritor. El tema es que agarré el libro, pillé una lata de cerveza bien fría y me senté en el balcón a pasar la tarde. El libro estaba marcado de otras lecturas anteriores. Tenía subrayados y algunos párrafos acotados y cosas de éstas. Estuve echándole una ojeada y encontré algo que me gustó especialmente. Un párrafo bastante corto pero lleno de sentido. Yo tenía un día un poco tonto y la verdad es que me vino bien leer aquello. Así que he pensado pegar aquí ese fragmento para que también podáis leerlo vosotras. Bueno, ahí va la cosa...

¿No es cierto que se empieza la vida como un dulce niño que cree en todo lo que pasa bajo el techo de su padre? Luego llega el día de la decepción cuando uno se da cuenta de que es desgraciado y miserable y pobre y está ciego y desnudo, y con rostro de fantasma dolorido y amargado camina temblando por la pesadilla de la vida. (En el camino; Jack Kerouac)

No es que sea esperanzador, lo reconozco, pero al menos es sincero y eso ya es más que nada. Lo cierto es que no hay vuelta de hoja, así son las cosas y ya está. Es una putada, una grandísima putada, aunque para algunos sea un privilegio esto de vivir. ¡Bah! Me voy a ir a la cama, que es donde me tenía que haber quedado esta puta mañana de jodido domingo de resaca que me está fastidiando la existencia... Pues eso. Que ya me pasaré por aquí otro día.

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Viernes | Agosto 17, 2007

Comprando droga en Cartagena

Una vez tuve que entrar en aquel garito de mierda para comprar un poco de droga. La droga no era para mí. Era para otro. Para un amigo que había venido desde Alemania a pasar unos días en Cartagena. El tío quería pillar algo de costo para fumar durante su estancia en la ciudad y, si le sobraba algo, también para el viaje de vuelta. A mí nunca me ha gustado hacer estas cosas. No me gustan esos sitios y tampoco la gente que hay en esos sitios, pero en fin... un favor siempre es un favor. Así que no pude decirle que no.

Nos levantamos a las 12 del mediodía para coger el autobús. Subimos, pagamos los billetes, nos sentamos en un asiento de plástico de color naranja y empezamos a movernos. Aquello apestaba de la ostia. Una mezcla de sudor, sobaquillo y aliento de coprófago con el estómago lleno. Al principio tuvimos que aguantar la respiración para no caer fulminados allí mismo, pero luego nos acabamos acostumbrando. Uno puede acostumbrarse a cualquier circunstancia. Son cosas de la selección natural y la adaptación al medio y todo eso.

El trayecto duraba unos 15 o 20 minutos, más o menos. Había que cruzar la Barriada de Hispanoamérica, la Urbanización Mediterráneo, la Rambla de Benipila, la Alameda de San Antón, el Paseo de Alfonso XIII, la Plaza del almirante Bastarreche y el puerto de Santa Lucía. Después de todo esto ya estabas en el sitio. Nos bajamos del autobús y empezamos a caminar por una calle que más bien parecía un estercolero. Había mierda por todas partes: bolsas de basura, montones de chatarra, coches desguazados, gallinas picoteando el asfalto y un burro amarrado con una cuerda a la reja de una ventana. Unas gitanas comían naranjas sentadas a la sombra de unos árboles y hablaban a gritos aunque se sentaran una al lado de la otra. Un gitano sin camiseta arrastraba un ciclomotor con una sola rueda y unos niños corrían descalzos detrás de otro niño que iba subido en una bicicleta oxidada. Pasamos junto a todos ellos y por fin llegamos al garito.

En la puerta había un tío con los ojos saltones y cara de chiflado. Lo saludamos y él nos abrió la puerta. Dentro hacía un calor insoportable. Una nube de moscas recorría toda la habitación y tres tipos esperaban su turno para comprar lo suyo. En el fondo de la habitación había una puerta metálica con una pequeña ventanilla en la parte superior. La puerta siempre estaba cerrada y el tipo que vendía la droga asomaba el careto a través de la ventanilla. Esos tíos nunca saludan a nadie. Simplemente llegas al sitio, pides lo que quieres, le das la pasta y luego él te da la droga. Ya está. No hay saludos, ni conversación, ni nada de eso. Si no los conociera pensaría que los tíos que venden droga en estos sitios son sordomudos. Pero, por desgracia, conozco a más de uno. Y los odio a todos. Bueno, a todos menos a uno, aunque a este nunca le he comprado droga. Lo conozco por otros motivos y le tengo un aprecio especial. El caso es que allí estábamos los dos, mi colega de Alemania -que no alemán, que también es de Cartagena- y yo, haciendo cola para comprarle 50 pavos de costo a uno de aquellos desgraciados. La cosa iba despacio. Nadie parecía tener prisa. Nosotros teníamos que volver a coger el bus y no queríamos que se nos escapara, pero tampoco podíamos hacer mucho más. El primer tipo compró un gramo de coca y después se largó. Iba vestido con un mono de mecánico y llevaba una bolsa de deporte colgando de un hombro. El segundo tipo era uno de esos puretas que suelen jugar a las tragaperras en el bar. Compró un gramo de coca y 20 pavos de polen y luego salió a la calle. El tercero de los clientes era un canijo calvo y sin dientes. Llevaba una bolsa llena de pilas de esas que utilizan las cámaras de fotos. Le enseñó la bolsa al camello y le preguntó qué le daría por aquello. El otro lo mandó a tomar por el culo y el canijo se dio media vuelta y se fue. Y después de esto ya nos tocaba, por fin, a nosotros. O eso pensábamos, porque luego no sería así exactamente. Una chica joven acababa de entrar en el garito. Tendría unos 15 o 16 años, como mucho. No era guapa, pero tenía un cuerpo muy bonito y vestía ropa muy ajustada.

Hola”, dijo la chica, “quería medio gramo de coca, pero es que no llevo dinero”.

No pasa nada”, dijo el camello, “mucho mejor”.

Abrió la puerta metálica que siempre estaba cerrada y le dijo a la chica que pasara. Ella entró. El menda cerró la puerta y luego cerró la ventanilla y nos dejó esperando otra vez. Pasaron 2 minutos, 5 minutos, 8 minutos, 10 minutos... y no sé cuántos más. Pocos más, de todos modos. Nosotros nos quedamos mirando las manchas de humedad que había en la pared y cruzando alguna que otra palabra de vez en cuando. Queríamos salir de allí cuanto antes. Yo, por lo menos, quería largarme ya mismo. Se lo dije a mi colega, pero él prefería esperar. Y esperamos. Y esperamos. Y esperamos.

La verdad es que no era la primera vez que visitaba aquel barrio. Hace tiempo solía pasar por allí casi todas las semanas para comprar cualquier cosa que pensara tomarme. Antes tomaba drogas, pero al final acabé odiando a las drogas y a la gente que las vende. En aquel sitio había más garitos que viviendas y siempre tenían de todo: rulas, cristales, speed, farlopa, cartones, hierba, polen... lo que fuera menos caballo. El caballo se vendía en otro sitio. Cosas del marketing. Los yonkis dan mala imagen y eso se contagia al resto de drogas. Los yonkis compraban su medicina en otro sitio mucho más asqueroso que aquel. Así es como funcionan las cosas. Al menos así es como funcionan en Cartagena.

Al rato se abrió la puerta y la chica salió fuera. Tenía una sonrisa extraña en la cara, una mezcla de “me-río-sin-saber-por-qué” y “me-río-porque-tendré-que-volver-a-este-sitio-otro-día”. El nota volvió a cerrar la puerta y enseguida abrió la ventanilla.

Cómo la chupa la cabrona”, nos dijo, “parece que lleva toda la vida sin comer, la muy puta, a ver cuándo vuelve”.

Dame 50 pavos de polen rubio, que tenemos prisa”, le contesté.

Le dí el dinero, me dio los porros y salimos. El autobús, como era de esperar, se nos había escapado. El próximo pasaba en media hora, así que nos sentamos en la parada a esperar otra vez. Nos pasamos la vida esperando, si lo pensáis bien. Esperando cualquier cosa. Eso es lo único que hacemos mientras vivimos. Esperar.

El sol pegaba de lleno en la parada y a mí me sudaban hasta los güevos. Además, tenía unas ganas tremendas de beberme una cerveza bien fría. Mi colega dijo que iba a hacerse un porro mientras no llegaba el autobús. Para probar el material, más que nada. Yo le dije que mejor se esperara a llegar a otro sitio. Allí no se pueden fumar porros. Si alguien te ve fumando porros en aquel puto barrio de mierda te saca de allí a patadas. Cosas del marketing, supongo. Nos quedamos ahí sentados y yo me puse a pensar en la chica que habíamos visto en el garito. Tal vez le escribiría un poema alguna vez. Quién sabe.


Posted by Svevo Bandini at 03:40:29 | Permanent Link | Comments (3) |