Una vez tuve que entrar en aquel garito de mierda para comprar un poco de droga. La droga no era para mí. Era para otro. Para un amigo que había venido desde Alemania a pasar unos días en Cartagena. El tío quería pillar algo de costo para fumar durante su estancia en la ciudad y, si le sobraba algo, también para el viaje de vuelta. A mí nunca me ha gustado hacer estas cosas. No me gustan esos sitios y tampoco la gente que hay en esos sitios, pero en fin… un favor siempre es un favor. Así que no pude decirle que no.
Nos levantamos a las 12 del mediodía para coger el autobús. Subimos, pagamos los billetes, nos sentamos en un asiento de plástico de color naranja y empezamos a movernos. Aquello apestaba de la ostia. Una mezcla de sudor, sobaquillo y aliento de coprófago con el estómago lleno. Al principio tuvimos que aguantar la respiración para no caer fulminados allí mismo, pero luego nos acabamos acostumbrando. Uno puede acostumbrarse a cualquier circunstancia. Son cosas de la selección natural y la adaptación al medio y todo eso.
El trayecto duraba unos 15 o 20 minutos, más o menos. Había que cruzar la Barriada de Hispanoamérica, la Urbanización Mediterráneo, la Rambla de Benipila, la Alameda de San Antón, el Paseo de Alfonso XIII, la Plaza del almirante Bastarreche y el puerto de Santa Lucía. Después de todo esto ya estabas en el sitio. Nos bajamos del autobús y empezamos a caminar por una calle que más bien parecía un estercolero. Había mierda por todas partes: bolsas de basura, montones de chatarra, coches desguazados, gallinas picoteando el asfalto y un burro amarrado con una cuerda a la reja de una ventana. Unas gitanas comían naranjas sentadas a la sombra de unos árboles y hablaban a gritos aunque se sentaran una al lado de la otra. Un gitano sin camiseta arrastraba un ciclomotor con una sola rueda y unos niños corrían descalzos detrás de otro niño que iba subido en una bicicleta oxidada. Pasamos junto a todos ellos y por fin llegamos al garito.
En la puerta había un tío con los ojos saltones y cara de chiflado. Lo saludamos y él nos abrió la puerta. Dentro hacía un calor insoportable. Una nube de moscas recorría toda la habitación y tres tipos esperaban su turno para comprar lo suyo. En el fondo de la habitación había una puerta metálica con una pequeña ventanilla en la parte superior. La puerta siempre estaba cerrada y el tipo que vendía la droga asomaba el careto a través de la ventanilla. Esos tíos nunca saludan a nadie. Simplemente llegas al sitio, pides lo que quieres, le das la pasta y luego él te da la droga. Ya está. No hay saludos, ni conversación, ni nada de eso. Si no los conociera pensaría que los tíos que venden droga en estos sitios son sordomudos. Pero, por desgracia, conozco a más de uno. Y los odio a todos. Bueno, a todos menos a uno, aunque a este nunca le he comprado droga. Lo conozco por otros motivos y le tengo un aprecio especial. El caso es que allí estábamos los dos, mi colega de Alemania -que no alemán, que también es de Cartagena- y yo, haciendo cola para comprarle 50 pavos de costo a uno de aquellos desgraciados. La cosa iba despacio. Nadie parecía tener prisa. Nosotros teníamos que volver a coger el bus y no queríamos que se nos escapara, pero tampoco podíamos hacer mucho más. El primer tipo compró un gramo de coca y después se largó. Iba vestido con un mono de mecánico y llevaba una bolsa de deporte colgando de un hombro. El segundo tipo era uno de esos puretas que suelen jugar a las tragaperras en el bar. Compró un gramo de coca y 20 pavos de polen y luego salió a la calle. El tercero de los clientes era un canijo calvo y sin dientes. Llevaba una bolsa llena de pilas de esas que utilizan las cámaras de fotos. Le enseñó la bolsa al camello y le preguntó qué le daría por aquello. El otro lo mandó a tomar por el culo y el canijo se dio media vuelta y se fue. Y después de esto ya nos tocaba, por fin, a nosotros. O eso pensábamos, porque luego no sería así exactamente. Una chica joven acababa de entrar en el garito. Tendría unos 15 o 16 años, como mucho. No era guapa, pero tenía un cuerpo muy bonito y vestía ropa muy ajustada.
“Hola”, dijo la chica, “quería medio gramo de coca, pero es que no llevo dinero”.
“No pasa nada”, dijo el camello, “mucho mejor”.
Abrió la puerta metálica que siempre estaba cerrada y le dijo a la chica que pasara. Ella entró. El menda cerró la puerta y luego cerró la ventanilla y nos dejó esperando otra vez. Pasaron 2 minutos, 5 minutos, 8 minutos, 10 minutos… y no sé cuántos más. Pocos más, de todos modos. Nosotros nos quedamos mirando las manchas de humedad que había en la pared y cruzando alguna que otra palabra de vez en cuando. Queríamos salir de allí cuanto antes. Yo, por lo menos, quería largarme ya mismo. Se lo dije a mi colega, pero él prefería esperar. Y esperamos. Y esperamos. Y esperamos.
La verdad es que no era la primera vez que visitaba aquel barrio. Hace tiempo solía pasar por allí casi todas las semanas para comprar cualquier cosa que pensara tomarme. Antes tomaba drogas, pero al final acabé odiando a las drogas y a la gente que las vende. En aquel sitio había más garitos que viviendas y siempre tenían de todo: rulas, cristales, speed, farlopa, cartones, hierba, polen… lo que fuera menos caballo. El caballo se vendía en otro sitio. Cosas del marketing. Los yonkis dan mala imagen y eso se contagia al resto de drogas. Los yonkis compraban su medicina en otro sitio mucho más asqueroso que aquel. Así es como funcionan las cosas. Al menos así es como funcionan en Cartagena.
Al rato se abrió la puerta y la chica salió fuera. Tenía una sonrisa extraña en la cara, una mezcla de “me-río-sin-saber-por-qué” y “me-río-porque-tendré-que-volver-a-este-sitio-otro-día”. El nota volvió a cerrar la puerta y enseguida abrió la ventanilla.
“Cómo la chupa la cabrona”, nos dijo, “parece que lleva toda la vida sin comer, la muy puta, a ver cuándo vuelve”.
“Dame 50 pavos de polen rubio, que tenemos prisa”, le contesté.
Le dí el dinero, me dio los porros y salimos. El autobús, como era de esperar, se nos había escapado. El próximo pasaba en media hora, así que nos sentamos en la parada a esperar otra vez. Nos pasamos la vida esperando, si lo pensáis bien. Esperando cualquier cosa. Eso es lo único que hacemos mientras vivimos. Esperar.
El sol pegaba de lleno en la parada y a mí me sudaban hasta los güevos. Además, tenía unas ganas tremendas de beberme una cerveza bien fría. Mi colega dijo que iba a hacerse un porro mientras no llegaba el autobús. Para probar el material, más que nada. Yo le dije que mejor se esperara a llegar a otro sitio. Allí no se pueden fumar porros. Si alguien te ve fumando porros en aquel puto barrio de mierda te saca de allí a patadas. Cosas del marketing, supongo. Nos quedamos ahí sentados y yo me puse a pensar en la chica que habíamos visto en el garito. Tal vez le escribiría un poema alguna vez. Quién sabe.
