Thursday, August 30, 2007

Moros y fútbol en una España unida y libre

Anoche, después de cenar, salí a dar una vuelta por el barrio. Me había comido un bocadillo de atún con tomate y lechuga y mayonesa sentado en el balcón de mi casa y tenía que hacerle la digestión.

Eran las 10 y media de la noche y en la calle había niños jugando al fútbol y a otras cosas. En las pistas deportivas habían colocado una pantalla de cine al aire libre y estaban poniendo una película de dibujos animados, no sé cuál era. Las terrazas de los bares estaban hasta arriba y entre la oscuridad del parque había algunos zagales fumando porros y hablando de porros.

Llegué hasta la cafetería Costa Rica. La terraza no me gustaba, así que me metí directo al bar. Había un tipo arrugado jugando a la tragaperras, un hombre mayor leyendo el periódico y dos moros bebiendo Coca-cola en una mesa. Saludé a todo el mundo. Me acerqué hasta la barra, le pedí a la camarera una cerveza y encendí un cigarrillo. Los dos chicos se sentaban justo a mis espaldas. Hablaban en voz alta, así que pude escuchar algunas de las cosas que decían. Hablaban de fútbol, sobre todo. Primero hablaron de Puerta, el jugador del Sevilla que había muerto algunas horas antes. Luego hablaron del Barça y se pusieron a comparar a Henry con Ronaldinho. Después de esto compararon a Messi con Guti, y entonces recordé que las comparaciones siempre son odiosas.

Me terminé la cerveza y le pedí otra a la camarera. La tragaperras seguía sonando de fondo y los chicos seguían hablando de fútbol y el hombre que leía el periódico había pagado su copa y se había largado a su casa, posiblemente. Los chavales hablaban cada vez más alto y de repente empezaron a reírse a carcajadas. No sé de qué se reían, pero tuvo que ser muy bueno porque los muy cabrones no parecía que fueran a parar. Yo pensé que se iban a cagar encima, de la risa que tenían. Uno de ellos casi se cae de la silla de la flojera que le entró. Eran jóvenes. Tendrían 17 o 18 años, como mucho. Yo seguí a lo mío. La camarera se me quedó mirando y me dijo algo, no sé qué. Entonces entró a la cocina y al rato salió empuñando un enorme cuchillo. La tía se puso a gritar y a dar golpes sobre la barra. Su cara se convirtió en una especie de masa burbujeante y sus manos se crisparon como si fueran de piedra. ¡Era una auténtica loca, joder!. Nadie entendía qué cojones estaba diciendo pero todos nos apartamos de ella, por si acaso. Parecía que le fueran a reventar las venas del cuello y sus ojos se habían convertido en dos ciruelas rojas llenas de nervios y de gusanos. Intenté prestar un poco de atención para averiguar qué ostias le pasaba a la chiflada aquella y entonces pude pillar algo, aunque tampoco fue mucho: les decía a los chavales que habían venido a España para reírse de nosotros, que no hay derecho porque nosotros estamos primero, que no quieren trabajar porque el gobierno les ha dado una casa, que se largaran a su puto país, que olían peor que los animales porque eran unos guarros y no se lavaban, que España es para los españoles y no para los moros, que nosotros no salímos de España para molestar a nadie, y que si España esto y España lo otro y nosotros tal y nosotros cual y bla, bla, bla, bla… Eso es lo que decía la tipa aquella, más o menos. Los chavales le dijeron que era una racista de mierda y se largaron de allí. Y yo, aprovechando el momento de confusión, salí detrás de ellos sin pagar las dos cervezas que me había tomado.

Al salir a la calle todo el mundo estaba mirando hacia el interior del bar con cara de sorpresa. Nadie sabía qué había pasado pero seguro que al día siguiente se inventarían alguna historia. Dirían que dos moros habían intentado robar en el bar o violar a la loca aquella o algo por el estilo. La gente se aburre mucho en los barrios. Bueno, en los barrios y en cualquier otro sitio. Se aburren hasta en la tele, mira lo que te digo.

Al llegar a casa saqué una birra de la nevera y salí al balcón a tomar el aire. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar qué diablos era eso de España. Y quiénes éramos nosotros. Y quiénes son ellos. Yo conocía a aquellos chicos y los dos trabajaban en algo. Uno de ellos trabajaba en un lavadero de coches y el otro hacía los recados en un locutorio. Así que no sé por qué la camarera del Costa Rica les dijo todas aquellas cosas. Es cierto que hay moros que no trabajan. Esos son los moros ricos, y también hay españoles ricos que no trabajan. Y hay otros, como yo, que no soy moro, o como aquellos dos, que sí lo son, que tenemos que trabajar para poder vivir. De verdad que no sé de dónde se saca la gente estas cosas. Es algo muy raro. Por cierto: si España fuera mía no sé qué coño haría con ella. Hay que ver cuánto daño ha hecho la incultura en este imperio castellano…

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Monday, August 27, 2007

Me pongo existencialista con una lata de cerveza en la mano y una tumbona en el balcón

Ayer me comí un par de huevos revueltos con tomate y después me senté en el sofá a mirar la tele. Salían unas niñas en bikini que lloraban todo el rato. Había 20 o 30 niñas, por lo menos. Les presté atención durante algunos minutos pero, aún así, no pude entender por qué lloraban. Será que ayer estaba un poco espeso. Luego pusieron anuncios y entonces apagué la tele. No pensé más en todo aquello hasta ahora mismo, que me he sentado a escribir y, sin saber por qué cojones, me he acordado de las niñas en bikini de la tele.

Después de esto me levanté del sofá y me puse a buscar un libro. No tenía claro qué libro andaba buscando pero el caso es que me apetecía pasar la tarde entera leyendo sin salir de casa ni hablar con nadie ni nada de eso. En mi casa hay muchos libros y una biblioteca muy pequeña para colocarlos, así que la mayoría andan por ahí desperdigados en cualquier rincón. Es algo caótico y eso me gusta. Me proporciona cierta sensación de seguridad y orden, aunque se trata de un orden extraño: el orden contenido en el caos, la ausencia de autoridad, la nulidad de la planificación, la desconocida racionalidad de lo irracionable. La armonía no necesita ser ordenada, por eso me gusta la apariencia de desorden -todo esto sólo es filosofía barata, así que no le presteis demasiada atención: hacedme caso y seguid leyendo como si nada.

Después de mucho buscar me quedé con En el camino, de Jack Kerouac. Es un libro genial, sin duda. La historia de un chico sin imaginación que quiere viajar para tener cosas que contar porque, sobre todo, ese chico quiere ser escritor. Se lo recomiendo a cualquiera, incluso a quien no quiera ser escritor. El tema es que agarré el libro, pillé una lata de cerveza bien fría y me senté en el balcón a pasar la tarde. El libro estaba marcado de otras lecturas anteriores. Tenía subrayados y algunos párrafos acotados y cosas de éstas. Estuve echándole una ojeada y encontré algo que me gustó especialmente. Un párrafo bastante corto pero lleno de sentido. Yo tenía un día un poco tonto y la verdad es que me vino bien leer aquello. Así que he pensado pegar aquí ese fragmento para que también podáis leerlo vosotras. Bueno, ahí va la cosa…

¿No es cierto que se empieza la vida como un dulce niño que cree en todo lo que pasa bajo el techo de su padre? Luego llega el día de la decepción cuando uno se da cuenta de que es desgraciado y miserable y pobre y está ciego y desnudo, y con rostro de fantasma dolorido y amargado camina temblando por la pesadilla de la vida. (En el camino; Jack Kerouac)

No es que sea esperanzador, lo reconozco, pero al menos es sincero y eso ya es más que nada. Lo cierto es que no hay vuelta de hoja, así son las cosas y ya está. Es una putada, una grandísima putada, aunque para algunos sea un privilegio esto de vivir. ¡Bah! Me voy a ir a la cama, que es donde me tenía que haber quedado esta puta mañana de jodido domingo de resaca que me está fastidiando la existencia… Pues eso. Que ya me pasaré por aquí otro día.

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Friday, August 17, 2007

Comprando droga en Cartagena

Una vez tuve que entrar en aquel garito de mierda para comprar un poco de droga. La droga no era para mí. Era para otro. Para un amigo que había venido desde Alemania a pasar unos días en Cartagena. El tío quería pillar algo de costo para fumar durante su estancia en la ciudad y, si le sobraba algo, también para el viaje de vuelta. A mí nunca me ha gustado hacer estas cosas. No me gustan esos sitios y tampoco la gente que hay en esos sitios, pero en fin… un favor siempre es un favor. Así que no pude decirle que no.

Nos levantamos a las 12 del mediodía para coger el autobús. Subimos, pagamos los billetes, nos sentamos en un asiento de plástico de color naranja y empezamos a movernos. Aquello apestaba de la ostia. Una mezcla de sudor, sobaquillo y aliento de coprófago con el estómago lleno. Al principio tuvimos que aguantar la respiración para no caer fulminados allí mismo, pero luego nos acabamos acostumbrando. Uno puede acostumbrarse a cualquier circunstancia. Son cosas de la selección natural y la adaptación al medio y todo eso.

El trayecto duraba unos 15 o 20 minutos, más o menos. Había que cruzar la Barriada de Hispanoamérica, la Urbanización Mediterráneo, la Rambla de Benipila, la Alameda de San Antón, el Paseo de Alfonso XIII, la Plaza del almirante Bastarreche y el puerto de Santa Lucía. Después de todo esto ya estabas en el sitio. Nos bajamos del autobús y empezamos a caminar por una calle que más bien parecía un estercolero. Había mierda por todas partes: bolsas de basura, montones de chatarra, coches desguazados, gallinas picoteando el asfalto y un burro amarrado con una cuerda a la reja de una ventana. Unas gitanas comían naranjas sentadas a la sombra de unos árboles y hablaban a gritos aunque se sentaran una al lado de la otra. Un gitano sin camiseta arrastraba un ciclomotor con una sola rueda y unos niños corrían descalzos detrás de otro niño que iba subido en una bicicleta oxidada. Pasamos junto a todos ellos y por fin llegamos al garito.

En la puerta había un tío con los ojos saltones y cara de chiflado. Lo saludamos y él nos abrió la puerta. Dentro hacía un calor insoportable. Una nube de moscas recorría toda la habitación y tres tipos esperaban su turno para comprar lo suyo. En el fondo de la habitación había una puerta metálica con una pequeña ventanilla en la parte superior. La puerta siempre estaba cerrada y el tipo que vendía la droga asomaba el careto a través de la ventanilla. Esos tíos nunca saludan a nadie. Simplemente llegas al sitio, pides lo que quieres, le das la pasta y luego él te da la droga. Ya está. No hay saludos, ni conversación, ni nada de eso. Si no los conociera pensaría que los tíos que venden droga en estos sitios son sordomudos. Pero, por desgracia, conozco a más de uno. Y los odio a todos. Bueno, a todos menos a uno, aunque a este nunca le he comprado droga. Lo conozco por otros motivos y le tengo un aprecio especial. El caso es que allí estábamos los dos, mi colega de Alemania -que no alemán, que también es de Cartagena- y yo, haciendo cola para comprarle 50 pavos de costo a uno de aquellos desgraciados. La cosa iba despacio. Nadie parecía tener prisa. Nosotros teníamos que volver a coger el bus y no queríamos que se nos escapara, pero tampoco podíamos hacer mucho más. El primer tipo compró un gramo de coca y después se largó. Iba vestido con un mono de mecánico y llevaba una bolsa de deporte colgando de un hombro. El segundo tipo era uno de esos puretas que suelen jugar a las tragaperras en el bar. Compró un gramo de coca y 20 pavos de polen y luego salió a la calle. El tercero de los clientes era un canijo calvo y sin dientes. Llevaba una bolsa llena de pilas de esas que utilizan las cámaras de fotos. Le enseñó la bolsa al camello y le preguntó qué le daría por aquello. El otro lo mandó a tomar por el culo y el canijo se dio media vuelta y se fue. Y después de esto ya nos tocaba, por fin, a nosotros. O eso pensábamos, porque luego no sería así exactamente. Una chica joven acababa de entrar en el garito. Tendría unos 15 o 16 años, como mucho. No era guapa, pero tenía un cuerpo muy bonito y vestía ropa muy ajustada.

Hola”, dijo la chica, “quería medio gramo de coca, pero es que no llevo dinero”.

No pasa nada”, dijo el camello, “mucho mejor”.

Abrió la puerta metálica que siempre estaba cerrada y le dijo a la chica que pasara. Ella entró. El menda cerró la puerta y luego cerró la ventanilla y nos dejó esperando otra vez. Pasaron 2 minutos, 5 minutos, 8 minutos, 10 minutos… y no sé cuántos más. Pocos más, de todos modos. Nosotros nos quedamos mirando las manchas de humedad que había en la pared y cruzando alguna que otra palabra de vez en cuando. Queríamos salir de allí cuanto antes. Yo, por lo menos, quería largarme ya mismo. Se lo dije a mi colega, pero él prefería esperar. Y esperamos. Y esperamos. Y esperamos.

La verdad es que no era la primera vez que visitaba aquel barrio. Hace tiempo solía pasar por allí casi todas las semanas para comprar cualquier cosa que pensara tomarme. Antes tomaba drogas, pero al final acabé odiando a las drogas y a la gente que las vende. En aquel sitio había más garitos que viviendas y siempre tenían de todo: rulas, cristales, speed, farlopa, cartones, hierba, polen… lo que fuera menos caballo. El caballo se vendía en otro sitio. Cosas del marketing. Los yonkis dan mala imagen y eso se contagia al resto de drogas. Los yonkis compraban su medicina en otro sitio mucho más asqueroso que aquel. Así es como funcionan las cosas. Al menos así es como funcionan en Cartagena.

Al rato se abrió la puerta y la chica salió fuera. Tenía una sonrisa extraña en la cara, una mezcla de “me-río-sin-saber-por-qué” y “me-río-porque-tendré-que-volver-a-este-sitio-otro-día”. El nota volvió a cerrar la puerta y enseguida abrió la ventanilla.

Cómo la chupa la cabrona”, nos dijo, “parece que lleva toda la vida sin comer, la muy puta, a ver cuándo vuelve”.

Dame 50 pavos de polen rubio, que tenemos prisa”, le contesté.

Le dí el dinero, me dio los porros y salimos. El autobús, como era de esperar, se nos había escapado. El próximo pasaba en media hora, así que nos sentamos en la parada a esperar otra vez. Nos pasamos la vida esperando, si lo pensáis bien. Esperando cualquier cosa. Eso es lo único que hacemos mientras vivimos. Esperar.

El sol pegaba de lleno en la parada y a mí me sudaban hasta los güevos. Además, tenía unas ganas tremendas de beberme una cerveza bien fría. Mi colega dijo que iba a hacerse un porro mientras no llegaba el autobús. Para probar el material, más que nada. Yo le dije que mejor se esperara a llegar a otro sitio. Allí no se pueden fumar porros. Si alguien te ve fumando porros en aquel puto barrio de mierda te saca de allí a patadas. Cosas del marketing, supongo. Nos quedamos ahí sentados y yo me puse a pensar en la chica que habíamos visto en el garito. Tal vez le escribiría un poema alguna vez. Quién sabe.


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Monday, August 13, 2007

¿A alguien le interesan estas cosas?

El otro día estuve en el MareaRockFestival y he pensado que podría colgar aquí una crónica del concierto. No es que me paguen por hacerlo, qué más quisiera yo, pero igual me sirve como terapia y me puedo ahorrar una o dos visitas al bar. Mirándolo así, puede que hasta me salga rentable escribir estas cosas.

Lo mejor será empezar por el principio. Yo estaba en mi casa el sábado por la mañana cuando sonó el teléfono. Lo cogí y alguien me dijo:

“Oye, ¿te vienes esta tarde al Marea Rock?”.

“Pues… no sé”, le contesté, “¿dónde es eso?”.

“Aquí al lado, en Torrevieja, y tocan GATILLAZO, BOIKOT, DISIDENCIA y cuatro o cinco grupos más, empieza a las seis, puede estar bien”.

“Vale, contad conmigo”, dije, “por cierto, ¿quién eres?”.

“Soy tu novia”.

“Ah, vale, nos vemos luego, entonces”.

Puede que habláramos de algo más, pero ahora mismo no estoy seguro. El caso es que sobre las cinco de la tarde había un coche tocando el claxon en la puerta de mi casa. Me asomé para ver quién era y allí estaban mi novia, su hermano y la novia de éste. Y su coche. Les dije que esperaran un segundo, que todavía estaba en calzoncillos, así que dejaron de tocar el pito y yo me vestí y salí a la calle. Me puse un bañador, unos tenis rotos, una gorra para el sol y una camiseta negra del grupo BARRICADA. Eso fue lo que hice. Luego me subí al coche y empezamos a movernos. La gente estaba animada, así que la cosa parecía empezar bien.

Lo primero que hicimos fue ir al supermercado para comprar algo de priba. Un par de cartones de vino tinto, refresco de cola de marca cutre, hielos, vasos de litro y una caja de 24 latas de cerveza. Mahou clásica, era la cerveza. La gente siempre me dice que soy un poco pijo para eso de la birra, pero lo que pasa es que tengo el estómago delicado y tengo que cuidarme. Lo metimos todo en la nevera, subimos al coche y salimos zumbando de allí. Yo me guardé tres latas de cerveza para el camino. Estaban calientes, pero mi novia se bebió una y yo me bebí las otras dos. Nos pusimos a hablar de cosas raras y cuando nos dimos cuenta ya habíamos llegado al concierto. Aparcamos el coche, dejamos las puertas abiertas para escuchar música y nos apalancamos por allí para bebernos el kalimotxo y las cervezas. Un par de horas nos duró la cosa. Cuando habíamos terminado con todo cerramos el coche y nos fuimos al concierto.

Las entradas costaban 20 pavos. Demasiado caro, así que decidimos entrar sin pagar. Nos dimos un par de vueltas por allí para ver cómo podíamos hacerlo y al rato estábamos dentro. No sé cómo coño lo hicimos, pero el caso es que estábamos los cuatro en la barra bebiéndonos un par de minis de kalimotxo y ninguno había pagado por entrar. El ambiente del concierto no estaba mal, como suele ocurrir en estos sitios. Un montón de gente emborrachándose y bailando y drogándose y gastando el dinero y todo eso. Nos mezclamos entre la peña y muy pronto estábamos haciendo casi lo mismo que todos los demás.

En el escenario tocaban los OBRINT PAS. Yo no los había escuchado antes, pero la verdad es que me gustaron mucho. Buena música, mucho bailotéo y un gran espectáculo. Y las letras, por cierto, en valenciano. Después de OBRINT PAS tocaron BOIKOT. En este tipo de conciertos siempre triunfan, los muy cabrones. A mí no me gustan una mierda, pero lo cierto es que me lo paso en grande cuando los veo en directo. Podría decir que me gusta verlos en directo pero no me gusta escucharlos en casa o en los bares. Algo así me pasa con BOIKOT. Cosa rara. El caso es que lo hicieron que te cagas, desde luego. Muy buen concierto y muy buena conexión con el público, como siempre. Para el próximo concierto que den estaré allí seguro. Luego tocaron los GATILLAZO. Tienen canciones muy buenas y el Evaristo es todo un espectáculo. El concierto me gustó, y me gustó aún más que no se tocaran canciones de LA POLLA. Todo el mundo quería escuchar los temas de LA POLLA y al final se quedaron con las ganas. De puta madre. LA POLLA marcó toda una época, pero GATILLAZO es otra historia y tienen que vivir de sus propias canciones, y no del pasado de uno de sus miembros. Muy buen directo y mejor todavía el careto que se le quedó a la peña al no escuchar el Carne pa la picadora o el Salve o cualquiera de estos temazos de LA POLLA. Y para terminar tocaron los DISIDENCIA. Los mejores, desde mi punto de vista. Al tocar los últimos y ser algo menos conocidos que los dos grupos anteriores tuvieron que tocar para un número más reducido de público, pero aún así supieron hacerlo de la ostia. Le pusieron muchas ganas y los que nos quedamos para verlos salimos de allí más que satisfechos. Además hubo sorpresa, ya que los BOIKOT saltaron al escenario a mitad de la actuación y esas cosas siempre meten caña.

Después de todo esto salimos de allí y nos fuimos hasta el coche. Subimos, arrancamos y pusimos rumbo a Cartagena otra vez. Quedaban dos cervezas en la nevera, así que las cogí y me las bebí por el camino. La gente se puso a hablar de la niña ésta que anda perdida desde hace no sé cuánto tiempo, Madeleine creo que se llama. A saber dónde está y qué le ha pasado a la pobre. Desde luego que es una pena. Yo les dije que también mueren niños todos los días, que se mueren de hambre o de SIDA o de cualquier mierda de éstas, pero que no hablamos de ellos porque la tele y los periódicos no nos machacan con esas cosas. También les dije que se había extinguido una especie de delfín blanco que vivía en un río de China y que de eso tampoco hablaba la peña. Les dije, más o menos, que la gente acaba pensando aquello que les dice la tele. Y creo que tenía razón en lo que decía. Si la gente se preocupa por la niña Madeleine y habla de ella es sólo porque sale en la tele y lo que sale en la tele es casi sagrado. La tele y los periódicos y la radio nos dicen qué tenemos que pensar y cuándo tenemos que pensarlo. El criterio de la gente está hecho polvo y encima lo pisoteamos cada dos por tres. Me dijeron que era un monstruo por lo que decía, que la pobre niña tal y cual y bla, bla, bla… y que no es lo mismo ésto que lo que les pasa a los negritos de África. Yo les dije que la única diferencia entre los negritos de África y Madeleine consiste en que Madeleine es rubia y sale por la tele, y los negritos de África son negros y nadie les hace ni puto caso. De todos modos no parecieron muy convencidos, así que decidí quedarme callado y encender un cigarrillo.

No tardamos en llegar a Cartagena. Nos despedimos hasta otro día y poco más. Mi novia y yo fuimos a casa y nos pusimos a ver una película: Zombie, de George Romero. Es una gran película, todo un clásico. Mucho mejor que Casablanca o Lo que el viento se llevó. Nos fumamos un par de porros y nos quedamos durmiendo en el sofá. A la mañana siguiente nos despertamos con una resaca de espanto. Era para cagarse encima, vamos. Toda una agonía. Y de momento eso es todo. Supongo que otro día os contaré cualquier otra cosa. Ya veremos.

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