Moros y fútbol en una España unida y libre
Anoche, después de cenar, salí a dar una vuelta por el barrio. Me había comido un bocadillo de atún con tomate y lechuga y mayonesa sentado en el balcón de mi casa y tenía que hacerle la digestión.
Eran las 10 y media de la noche y en la calle había niños jugando al fútbol y a otras cosas. En las pistas deportivas habían colocado una pantalla de cine al aire libre y estaban poniendo una película de dibujos animados, no sé cuál era. Las terrazas de los bares estaban hasta arriba y entre la oscuridad del parque había algunos zagales fumando porros y hablando de porros.
Llegué hasta la cafetería Costa Rica. La terraza no me gustaba, así que me metí directo al bar. Había un tipo arrugado jugando a la tragaperras, un hombre mayor leyendo el periódico y dos moros bebiendo Coca-cola en una mesa. Saludé a todo el mundo. Me acerqué hasta la barra, le pedí a la camarera una cerveza y encendí un cigarrillo. Los dos chicos se sentaban justo a mis espaldas. Hablaban en voz alta, así que pude escuchar algunas de las cosas que decían. Hablaban de fútbol, sobre todo. Primero hablaron de Puerta, el jugador del Sevilla que había muerto algunas horas antes. Luego hablaron del Barça y se pusieron a comparar a Henry con Ronaldinho. Después de esto compararon a Messi con Guti, y entonces recordé que las comparaciones siempre son odiosas.
Me terminé la cerveza y le pedí otra a la camarera. La tragaperras seguía sonando de fondo y los chicos seguían hablando de fútbol y el hombre que leía el periódico había pagado su copa y se había largado a su casa, posiblemente. Los chavales hablaban cada vez más alto y de repente empezaron a reírse a carcajadas. No sé de qué se reían, pero tuvo que ser muy bueno porque los muy cabrones no parecía que fueran a parar. Yo pensé que se iban a cagar encima, de la risa que tenían. Uno de ellos casi se cae de la silla de la flojera que le entró. Eran jóvenes. Tendrían 17 o 18 años, como mucho. Yo seguí a lo mío. La camarera se me quedó mirando y me dijo algo, no sé qué. Entonces entró a la cocina y al rato salió empuñando un enorme cuchillo. La tía se puso a gritar y a dar golpes sobre la barra. Su cara se convirtió en una especie de masa burbujeante y sus manos se crisparon como si fueran de piedra. ¡Era una auténtica loca, joder!. Nadie entendía qué cojones estaba diciendo pero todos nos apartamos de ella, por si acaso. Parecía que le fueran a reventar las venas del cuello y sus ojos se habían convertido en dos ciruelas rojas llenas de nervios y de gusanos. Intenté prestar un poco de atención para averiguar qué ostias le pasaba a la chiflada aquella y entonces pude pillar algo, aunque tampoco fue mucho: les decía a los chavales que habían venido a España para reírse de nosotros, que no hay derecho porque nosotros estamos primero, que no quieren trabajar porque el gobierno les ha dado una casa, que se largaran a su puto país, que olían peor que los animales porque eran unos guarros y no se lavaban, que España es para los españoles y no para los moros, que nosotros no salímos de España para molestar a nadie, y que si España esto y España lo otro y nosotros tal y nosotros cual y bla, bla, bla, bla… Eso es lo que decía la tipa aquella, más o menos. Los chavales le dijeron que era una racista de mierda y se largaron de allí. Y yo, aprovechando el momento de confusión, salí detrás de ellos sin pagar las dos cervezas que me había tomado.
Al salir a la calle todo el mundo estaba mirando hacia el interior del bar con cara de sorpresa. Nadie sabía qué había pasado pero seguro que al día siguiente se inventarían alguna historia. Dirían que dos moros habían intentado robar en el bar o violar a la loca aquella o algo por el estilo. La gente se aburre mucho en los barrios. Buen
o, en los barrios y en cualquier otro sitio. Se aburren hasta en la tele, mira lo que te digo.
Al llegar a casa saqué una birra de la nevera y salí al balcón a tomar el aire. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar qué diablos era eso de España. Y quiénes éramos nosotros. Y quiénes son ellos. Yo conocía a aquellos chicos y los dos trabajaban en algo. Uno de ellos trabajaba en un lavadero de coches y el otro hacía los recados en un locutorio. Así que no sé por qué la camarera del Costa Rica les dijo todas aquellas cosas. Es cierto que hay moros que no trabajan. Esos son los moros ricos, y también hay españoles ricos que no trabajan. Y hay otros, como yo, que no soy moro, o como aquellos dos, que sí lo son, que tenemos que trabajar para poder vivir. De verdad que no sé de dónde se saca la gente estas cosas. Es algo muy raro. Por cierto: si España fuera mía no sé qué coño haría con ella. Hay que ver cuánto daño ha hecho la incultura en este imperio castellano…
Ayer me comí un par de huevos revueltos con tomate y después me senté en el sofá a mirar la tele. Salían unas niñas en bikini que lloraban todo el rato. Había 20 o 30 niñas, por lo menos. Les presté atención durante algunos minutos pero, aún así, no pude entender por qué lloraban. Será que ayer estaba un poco espeso. Luego pusieron anuncios y entonces apagué la tele. No pensé más en todo aquello hasta ahora mismo, que me he sentado a escribir y, sin saber por qué cojones, me he acordado de las niñas en bikini de la tele.
El otro día estuve en el MareaRockFestival y he pensado que podría colgar aquí una crónica del concierto. No es que me paguen por hacerlo, qué más quisiera yo, pero igual me sirve como terapia y me puedo ahorrar una o dos visitas al bar. Mirándolo así, puede que hasta me salga rentable escribir estas cosas.