Leer a Hannah Arendt me costó nueve puntos en la cabeza y cuatro días ingresado en el hospital
Estaba sentado en un banco cuando ocurrió aquello. Acababa de encender un cigarrillo mientras releía La Condición Humana de Hannah Arendt y ese tipo llegó y empezó a darme la brasa. Era un zumbado, de eso no hay duda. Pero además era un pesado y un tocapelotas de la hostia.
“¿Tú qué haces leyendo?”, me dijo. Lo miré por encima del libro y no le hice ni puto caso. El tío era joven. Llevaba puesto un chándal y una gorra con el logo de una discoteca. Iba sucio y sus ojos eran borrosos, como si estuvieran llenos de una especie de niebla extraña.
“¿Es que eres un marica y por eso estás leyendo?”, volvió a decir. Y luego me pidió un cigarro y se sentó a mi lado. Yo no le di el cigarro.
Cuando se aburrió de estar ahí sentado se puso en pie y empezó a contarme que la noche anterior había matado a un tipo que se lo merecía. Decía que le había pinchado en la barriga con una navaja y que lo dejó tirado en el suelo para que se desangrara y que luego le habían dicho sus colegas que el tipo aquel había muerto. Una historia apasionante.
“¿Por qué no me das un cigarro? ¿Es que quieres que te mate a ti también? Si quiero puedo hacerlo”, me dijo.
“Toma un cigarro y vete por ahí a tomar por el culo”, le contesté. El tío cogió el cigarro, lo encendió y siguió allí parado. Al rato volvió a sentarse en el banco y siguió dando la brasa.
“Tengo un coche de puta madre”, me dijo. “Si lo ves no te crees que es mío. Seguro que tú nunca vas a poder tener un coche igual”. Sacó unas llaves del bolsillo y me las enseñó. Eran las llaves de su coche, según decía. Encendí otro cigarrillo y el tipo aquel volvió a pedirme tabaco.
“¿No tienes nada mejor que hacer aparte de darme el coñazo?”, le pregunté.
“No porque yo no trabajo. Me paso todo el día por la calle”, me contestó.
Intenté seguir leyendo. El tipo aquel cogió un puñado de piedrecillas del suelo y luego se puso a tirarlas una por una. Cuando se cansó de aquello se giró y empezó a arrojar las piedras contra la portada del libro que yo intentaba leer.
“Toma”, decía, “esto por marica, y esto porque te voy a matar si no me das otro cigarro, y esto y lo otro y tal y cual…”
Entonces me quitó el libro de un tirón y me tiró las piedrecillas que le quedaban en la mano por encima. Yo intenté recuperar el libro, pero lo lanzó por los aires para que no pudiera cogerlo. Me levanté y le solté una patada en plena cara. La sangre brotó al instante de su nariz. Luego lo agarré de la camiseta y le solté un puñetazo en la sien, y luego otro, y otro y otro. Le golpeaba con la parte inferior del puño, como si mi mano fuera un martillo. Cuando me cansé de darle puñetazos lo puse en pie y lo estampé contra un árbol. El tío se cayó al suelo y entonces empecé a darle patadas. Intentó incorporarse y salir corriendo, pero yo lo agarré por la chaqueta y se la arranqué de un tirón. Seguí dándole puñetazos en la cara hasta que me cansé y entonces lo dejé que se marchara. Mido 1’82 y peso 95 kilos. Siempre he estado bastante fuerte.
La mano me dolía de la ostia y estaba manchada de sangre. Me lavé en una fuente, recogí el libro del suelo y me fui de allí. Estuve andando durante quince minutos. Al final llegué a otra plaza y volví a sentarme para seguir leyendo. Encendí un cigarrillo, saqué el libro y continué con lo mío. No hacía un mal día. Estábamos en pleno verano pero las nubes tapaban el sol y la temperatura era más que agradable. Y la lectura de aquel libro era de lo más placentero. Es una de las obras más lúcidas que he leído. De pronto sentí un golpe en la cabeza y me caí al suelo de morros. Me giré y pude ver al tipo de antes levantando un palo de madera sobre mi cara. Me volvió a golpear y entonces perdí el sentido.
Cuando me desperté estaba en el hospital. Me habían dado 9 puntos en la cabeza y me dijeron que tenía que estar en observación. Me tuvieron cuatro días ingresado y luego me largaron a mi casa. La jaqueca me ha durado un mes entero y durante este tiempo casi no podía ni andar porque me daban mareos. El libro y mis cuadernos los he perdido. Supongo que se los llevaría el gilipollas aquel. Y, bueno, este ha sido el motivo por el que no he podido ocuparme de mi blog durante las últimas semanas. A partir de ahora espero poder escribir aquí más a menudo. Por cierto: después de aquello mi mujer sigue pensando que el gilipollas soy yo. Igual hasta tiene razón…