Mi confianza en las personas se quemó en una hoguera al empezar el verano
Yo tenía seis años y aquella misma noche empezaba el verano. Entre todos los niños del barrio habíamos hecho una hoguera en mitad de un solar. Nos pasamos una semana entera buscando maderas y transportándolas hasta el sitio. También habíamos comprado petardos y lo quemaríamos todo a las doce de la noche.
Mi primo y yo cenamos en mi casa. Mi madre nos había preparado unos huevos fritos con patatas y salchichas Frankfurt. Mi primo tenía doce años y cuando terminamos de cenar cogimos nuestros petardos y nos fuimos a la hoguera. Además de los petardos llevábamos una caja de cerillas y dos pedazos de mecha. Teníamos unas ganas tremendas de que todo empezara a arder. El fuego provoca sensaciones extrañas en las personas. Sirve para comenzar cosas y eso siempre es excitante. El fuego es un principio. El principio de todo lo existente, decía un tal Heráclito el Oscuro.
Cuando llegamos al solar donde estaba la hoguera había ya algunos niños tirando petardos. Mi primo y yo llegamos al sitio y nos acercamos a un grupo de chavales de su misma edad, más o menos. Casi todos iban a nuestro mismo colegio. Tenían sus bolsas de petardos amarradas al pantalón y sobre la acera tenían una caja de cartón con cuatro o cinco gatitos recién nacidos. Yo me asomé a la caja y cogí a uno de los gatos. Era de color oscuro y tenía los ojos cerrados e hinchados como un boxeador. Intenté guardarlo en el bolsillo de mi pantalón, pero no cabía y volví a dejarlo otra vez en la caja. Me agaché junto a los gatos y los fui acariciando uno a uno.
De repente todo empezó a moverse. Los niños se pusieron nerviosos y empezó a salir gente mayor de las casas. Uno de ellos sería el encargado de prender la hoguera. Vertió algo de gasolina sobre la base, acercó una antorcha y luego todo empezó a arder. El fuego lo devoraba todo, crecía como un enorme fantasma y hacía desaparecer toda la madera que había en su interior. Se lo tragaba todo como si fuera un animal hambriento. Sonaron explosiones y saltaron luces de colores por toda la calle. Yo saqué mi cajita de cerillas, prendí mi mecha y me puse a quemar petardos. Mis nervios se pusieron en tensión y mis oídos se tambalearon como si en mi cabeza hubiera un terremoto. Mi primo estaba a mi lado y podía ver las llamas reflejadas en sus ojos, el fuego agitándose en su interior. Volví la vista hacia la hoguera y pude ver a nuestros compañeros del colegio acercándose a las llamas. También tiraban petardos y llevaban a los gatitos cogidos en sus manos. Yo pensé que aquello era peligroso. Me preocupé por los gatitos porque pensaba que estaban demasiado cerca de las llamas y podrían quemarse. Entonces uno de los niños levantó su mano y arrojó a uno de los gatos al fuego. Luego lo hizo otro de los niños, y justo después lo hicieron los demás.
Durante unos segundos comprendí lo que había ocurrido. Busqué a los gatos entre las llamas pero no pude ver nada, sólo luz y movimiento. Sentí algo extraño en mi interior, como si un enorme gusano blanco y gordo estuviera moviéndose lentamente por mis tripas. Tragué saliva y era espesa. Apreté los puños y mis manos se convirtieron en piedras que golpeaban mis sentidos. Aquel gusano dejó de moverse. Pude sentir cómo se acomodaba y se paraba para quedarse allí metido durante toda la noche. Yo seguí con los petardos. Lo que había a mi alrededor era mucho más fuerte que mi interior y sólo podía dejarme llevar. Empecé a olvidarlo todo y sólo volví a recordar a aquellos gatos cuando los petardos dejaron de sonar y la hoguera se había convertido en un puñado de brasas llameantes.
Mi primo y yo volvimos a casa. Nos dimos un baño y después nos fuimos a la cama. Antes de dormirme comprendí que aquella misma noche había dejado de confiar en las personas. En todas las personas, incluido yo. Todavía recuerdo estas cosas y puedo sentir al enorme gusano blanco durmiendo para siempre dentro de mis tripas.
Querido Svevo: Los niños no tienen maldad y por eso hacen cosas terribles… Yo las hice de niño; similares a la que acabas de contar. Ahora sería incapaz de crueldad alguna con un animal. Tengo seis gatos en casa a los que adoro… Me arrepìento de lo que hice de niño, pero esa crueldad forma parte de nuestro aprendizaje como personas.
Un saludo muy afectuoso.
YO sigo pensando que los niños son unos hijos de piii. NO me gustan. Sí que estoy de acuerdo con Harndt en que forma parte de nuestro aprendizaje eso de la crueldad. Que tenemos que experimetar cosas… pero a veces eso es no tener corazón. ES muy fuerte.
Me ha producido muchas sensaciones desagradables este texto, incluso si sabía lo que ocurriría desde que has mencionado los gatos… pobrecitos.
Compañeros, estoy de acuerdo en que cualquier experiencia que tengamos forma parte de nuestro proceso de aprendizaje y formación como personas. Nuestras experiencias determinan aquello que somos, construyen en nuestro interior una realidad y a partir de ella actuamos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea. Pero también creo que la maldad no existe, del mismo modo que tampoco existe la bondad. No hay conceptos puros ni verdades eternas. Ni siquiera los conceptos científicos, a los que otorgamos un alto grado de verdad, son válidos para siempre: sólo tenemos que mirar hacia el pasado para comprobar cómo las nuevas teorías y los nuevos paradigmas van desplazando a los anteriores y se convierten en las nuevas verdades del momento histórico; lo que antes era una verdad incuestionable ahora es considerado como un producto del subdesarrollo cultural de nuestros antepasados. Los seres humanos somos animales contextuales, fundamentalmente, y esto es lo que determina nuestra visión de las cosas en todos los ámbitos humanos, ya sea la ciencia, la moral, la política… o cualquier otra manifestación cultural. La adaptación al contexto, igual que la adaptación al medio de cualquier ser vivo, es lo que nos permite sobrevivir en el mundo. Tal y como decía Nietzsche, la cultura sólo es una convención social a la que llegamos por pura necesidad, ya que de otro modo seríamos incapaces de movernos en un mundo caótico que no podríamos comprender. Se trata, sencillamente, de establecer ciertos islotes de seguridad sobre los que podamos descansar de la deriva impredecible de la existencia. Pura y simple supervivencia. Nada más. El bien y el mal no son otra cosa que débiles conceptos vitales que el tiempo transforma imparable hasta invertir, en ocasiones, su posición sobre el tablero: la historia humana, o, mejor dicho, las historias humanas, están llenas de definiciones distintas, y a veces contrarias, del bien y del mal.